Desigualdad

Muchos dicen que todo esto se arreglará. Que tarde o temprano pasarán los tiempos de vacas flacas y volveremos al “crecimiento” y al bienestar. Y no pongo en duda que tienen razón en ciertas cosas. El capitalismo es un sistema económico nada preciso, muy volátil, y eso le asegura una capacidad de adaptación incomparable con otros sistemas como por ejemplo el socialismo o comunismo. El sistema del capital es tan antiguo como la propia civilización: unos tienen mucho y otros muy poco, y entre medias se encuentra un porcentaje variable de individuos con la suficiente calidad de vida como para conformarse con el sistema. No creo que ningún rico esté descontento con el modelo capitalista, aunque dudo que algún pobre de necesidad esté satisfecho; pero la llamada clase media estaba conforme, se resignaba a intentar imitar en ciertas cosas a los grandes oligarcas. Cualquier asalariado con un trabajo medianamente bien remunerado aprovechaba sus oportunidades para comprar un coche de alta gama, hacer un crucero por el Mediterráneo o pasar un par de semanas en Cancún. Muchas familias de clase media gastaban ahorros en un nuevo home cinema, o en un ordenador o móvil de última generación. Yo me encontraba entre ellos, no lo niego y no me avergüenzo. En mi familia hemos aprovechado las oportunidades que nos brindaban nuestros ahorros para mejorar nuestra calidad de vida y darnos algún que otro capricho.

Estoy convencido de que tal sistema es bueno. No voy a atacar las bases del capitalismo como tal, aunque sí voy a enfrentarme siempre a una cuestión derivada del mismo: el desigual reparto de la riqueza. No merece la pena tener un DVD de alta definición si tu vecino no tiene con qué comer. No es justo que unos pocos tengan acceso a absolutamente todo a costa de que unos cuantos no tengan ni casa ni comida. El capitalismo, siempre que se mantenga dentro de los límites que establece la existencia de derechos sociales, políticos, económicos y culturales, y siempre que posea un efectivo reparto de la riqueza, no tiene por qué ser un mal sistema económico. Y mucho más sabiendo cómo han acabado o cómo están los sistemas alternativos (básicamente el comunismo, que llevó a la ruina a la Unión Soviética, y que mantiene un estado de cosas ajeno a los derechos de los individuos en Cuba o China).

Se habló, al inicio de esta crisis, de refundar el capitalismo. No hace falta dar discursos elocuentes para darse cuenta de que el gran problema del capitalismo actual, como lo ha sido de todos los sistemas anteriores, es la desigualdad. Además, en el juego perverso al que nos dirigen los despreciables gobernantes que tenemos, “pagan justos por pecadores”, los delincuentes se van de rositas e incluso acaban con puestos en las administraciones o en las grandes empresas, mientras que aquellos que sufrimos la estafa que han organizado y la pobreza que plantean con sus soluciones, somos los que tenemos que ceder, permanecer callados, como esa “mayoría silenciosa” que tanto le gusta al incalificable Rajoy.

Desigualdad, en último término, tanto en el origen del problema como en las soluciones que proponen los estafadores que lo causaron. Desigualdad, entre aquellos que siguen la ley y acaban en la pobreza, y aquellos que la burlan y acaban en el gobierno.

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