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Estado de guerra

La segunda mitad del siglo XX se vivió un estado de guerra fría entre dos grandes superpotencias: Estados Unidos y su capitalismo salvaje, y la Unión Soviética con su socialismo corrupto. Triunfó la primera ante el colapso y desaparición de la segunda. Pero mientras tanto, sus conflictos, lejos de enfrentarles directamente en una guerra abierta, fueron librados por pequeños países satélites. Además, el miedo al holocausto nuclear era lo suficientemente grande como para alejar el fantasma de la guerra. Ambas partes tenían demasiado que perder si se desencadenaba una contienda bélica directa, así que optaron por manipular a los débiles estados “súbditos” para que, mediante maniobras encubiertas o más o menos directas (apoyo de EEUU a los talibanes afganos, o posicionamiento de misiles nucleares americanos en Turquía y Soviéticos en Cuba), las tensiones se fueran resolviendo.

Hoy en día no dudamos en calificar aquel tiempo como un estado de guerra, si bien lo denominamos “guerra fría” para evitar confusión con una guerra directa, abierta, “caliente”.

La guerra fría acabó, pero las prácticas que la movieron, ya viejas cuando esta se desencadenó, siguen hoy en día presentes en una nueva guerra. Sin embargo, aun no se ha declarado como tal, puesto que ya no hablamos de un conflicto entre dos potencias estatales o territoriales, sino entre dos “clases”. Me encantaría dejar de lado el lenguaje y la terminología marxista, pero lamentablemente, más de un siglo después la lucha sigue siendo una lucha de clases. Y no han cambiado ni siquiera las propias clases: la clase poderosa, oligárquica, contra la clase trabajadora. Cierto, ya no se hacinan los proletarios en barriadas de casas de ladrillo en hileras similares extendidas hasta el infinito, y los capitalistas ya no son los dueños de la fábrica textil o de la mina; sin embargo, el capitalista de hoy, el tiburón financiero, accionista mayoritario de un conglomerado de empresas, sigue siendo el enemigo del trabajador de hoy, asalariado que ha elevado el suelo de su pauperismo hasta la base de los derechos sociales y del estado del bienestar.

Por mucho que hayamos avanzado (y lo hemos hecho, sin duda), el fondo de la lucha sigue siendo el mismo: ellos nos quieren quitar derechos para sacar provecho de nuestro trabajo, y nosotros tenemos que agruparnos para evitar que su poder (ejemplificado en sus gorilas antidisturbios) nos oprima hasta hacer desaparecer las conquistas sociales conseguidas durante la lucha de nuestros padres y abuelos.

Por lo tanto, yo lo afirmo, sin ningún atisbo de duda: estamos en estado de guerra. En una guerra de clases, en la que tenemos que alzarnos contra aquellos que tratan de eliminar nuestros derechos tan sólo para conseguir un poco más de beneficios sobre una fortuna ya de por sí difícil de calcular.

Puede que la manera de luchar haya cambiado, pero no hay apenas cambios en el fondo de la historia: el pobre contra el rico. La guerra eterna que parece no terminar nunca.

Categorías:Guerra, Política, Reflexiones
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