Tormenta

Mientras escribo estas líneas se agrupan nubes de tormenta sobre el cielo de Valladolid. Los truenos comparten espacio con Rachmaninoff en mi reproductor de música. La característica oscuridad de los días tormentosos de verano, fraguándose sobre nuestras cabezas, supone una interesante alegoría de nuestra situación actual.

Hemos vivido la placidez de un largo verano, y como en las famosas novelas de Martin se repite, Winter is coming. Se acerca el invierno. Tormenta tras tormenta, vemos como la tranquilidad del estío desaparece y se nos muestra un anticipo de las lluvias otoñales y el frío invernal. Las vidas de nuestros padres fueron tormentosas en un inicio, pero, finalmente, vimos como la primavera se abría camino, y nosotros brotamos como los afortunados retoños dispuestos a disfrutar el cielo abierto del verano. Sin embargo, ahora vemos como, por culpa de los lobos saqueadores, se cierran las nubes sobre nosotros y se cierne la incertidumbre sobre nuestro futuro. ¿Seremos libres de aquí en una decada para poder decir que vivimos mejor que lo que vivieron nuestros padres? A este ritmo, no tengo duda de que no será así.

Hemos desperdiciado, esquilmado y saqueado los recursos naturales de nuestro planeta hasta convertirnos en un parásito insaciable incapaz de vivir en un entorno sin exprimirlo hasta le más absoluta destrucción. Nuestras playas, urbanizadas, nuestros bosques, desaparecidos o quemados, nuestros campos, desaprovechados o excesivamente saturados, sin ser capaces de establecer un término medio. Nuestras ciudades se han extendido hasta el infinito, acumulando moles de ladrillo llamadas urbanizaciones, escudando su sostenibilidad ambiental en algún parque o campo de golf que tiñera de verde una porción de la estepa de asfalto. Los ríos, secos debido a la falta de lluvias y al cambio climático que hemos provocado con una insaciable actividad industrial, que fundamenta un sistema de vida basado en el feroz consumo sin finalidad. Nuestra economía, basada en endeudar a las generaciones futuras a cambio de lujos estúpidos derivados de las corruptas instituciones democráticas.

¿Y todo para qué? ¿Para que seamos los de siempre, la mayoría, los que paguemos los excesos de un sistema que no diseñamos? ¿Para que seamos nosotros los que paguemos la corrupción de unos estamentos que se supone debían dirigirnos por un camino adecuado? Desde luego, conmigo no contarán, más allá de lo que sean capaces de coaccionarme. Vivimos inmersos en un sistema podrido y decadente, y no tenemos demasiadoas opciones de escapar de manera individual. Habrá que esperar a que la mayoría de paganos que están acudiendo aborregados a sustentar a los corruptos con su voto, decida despertar del sueño del consumo atroz y escuche las palabras de la ética y la razón. Una ilustración, sin duda, una nueva y definitiva ilustración es lo que necesitamos. Pero ha de ser masiva, sin restricciones, sin fisuras.

El mundo no cambia sólo, no cambia por la pasividad de los sufridores, que están dejando como herencia a sus hijos el deber de modificar lo que ellos estropearon o no supieron arreglar. Seguiremos esperando, mientras sólo sean tormentas de verano, pero, ¿qué pasará cuando llegue el invierno?

  1. Aún no hay comentarios.
  1. 17 septiembre 2014 a las 9:01

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