Revolución ética

Muchos piensan que, después de mi última entrada, voy a dejar de escribir. No deben preocuparse, no se van a librar de mí tan fácilmente. Cierto es que mi hastío hacia todo este conglomerado de inutiles y sus actitudes me lleva a desesperarme y eludir cualquier nuevo comentario acerca de la crisis-estafa que estamos sufriendo; cierto también que me resigno a una prudente y paciente espera, con la idea de observar cómo el hastío que yo siento se convierte en algún momento en un hastío generalizado, y puede, al fin, dar pie a un verdadero cambio.

También es cierto que he perdido la fe en muchas de las posibilidades que antaño, hasta hace no mucho, pensé que teníamos cada uno de nosotros como individuos en este mar de incertidumbres que llamamos sociedad. Pero no por ello renuncio a seguir escribiendo. Quízas mi ánimo ya no se enfoca con tanta vehemencia hacia la consecución de objetivos a corto o medio plazo, pero no por ello voy a dejar de expresar mis ideas como hasta ahora he venido haciendo. Eso sí, espero que mis reflexiones, que intentaré que sean más pausadas, sean a la vez más afiladas e incisivas.

No voy a dejar de moverme para que las cosas cambien. No creo en la idea de que el conformismo es una actitud frente a la vida. Pero comprendo que la efusividad tiene que ir acompañada de un movimiento más generalizado. Y para que eso se produzca, lamentablemente, queda mucho por hacer en nuestra sociedad. Espero que poco a poco (ya que no se puede de la noche a la mañana) las mentalidades vayan cambiando, y el pesimismo que el otro día ofrecía, y que aun persiste en mis opiniones y reflexiones, pueda disiparse progresivamente.

Lo que surgirá en ese momento no me cabe duda que será una revolución ética. Como bien decía Pedro Ojeda en su discurso de licenciatura para los alumnos de Humanidades de la Universidad de Burgos que promocionan este año, no debemos olvidar que las humanidades, los humanistas, los pensadores, los filósofos, los literatos y artistas, en definitiva, todos y cada uno de nosotros si nos lo proponemos, somos los que tenemos que cambiar las cosas. Las humanidades, como decía en mi último post, están muertas. Pero, si algo puede resucitar es eso. El pensamiento humano tiene la capacidad de hacer borrón y cuenta nueva. Podemos empezar de cero, sin las limitaciones de los restringidos caminos heredados, sin las presiones de los poderes que nos rodean, porque no hay nada tan libre como la mente y las ideas. Podrán censurarnos, si se afanan en ello, pero por mucho que lo hagan, no lograrán censurar nuestra propia mente, a no ser que se lo permitamos con la pasividad y el borreguismo que adolecen muchos de los que ahora se sientan a ver como el mundo avanza hacia el desastre sin mover ni el meñique para solucionarlo. Por ello, la primera revolución que se producirá será una revolución ética, y ésta se llevará a cabo con la palabra, la más poderosa de todas las armas, puesto que una espada o una bala puede matar a un hombre, pero nada puede matar a una idea.

No soy optimista, ya no. No confío como antes en el potencial de cada ser humano. Desconfío de la mayoría de la gente, y creo que tengo sobradas razones para ello. Tampoco soy un agorero ni un dogmático, no pretendo dejar en suspensión los placeres de la vida hasta lograr un mundo perfecto. Pero sí que sé, con una convicción que viene de lo más profundo de mis razonamientos, que no estoy solo. Sé que sois muchos, de entre los que me leéis, o de entre los que ni conocen mi humilde e intrascendente existencia y aportaciones, que coincidís con mis opiniones en mayor o menor grado. Y somos nosotros, los humanistas de ahora y del futuro, los que debemos tomar pluma y papel, Twitter (#RevoluciónÉtica) y Facebook, lanzarnos a nuestros blogs, a los periódicos, a las radios y a cualquier medio que a nuestra disposición esté para poder lanzar nuestras ideas revolucionarias al mundo.

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