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¿Se hace política con las redes sociales?

La política puede ser entendida como un juego en el que los jugadores interactúan con opiniones y comportamientos, buscando un beneficio, evitando un perjuicio, y para ello generan estrategias, enmarcadas dentro de un contexto que delimita el juego (reglas de juego), para lograr sus objetivos.

Habría que añadir muchísimas más cosas a esta escueta y pobre definición, pero para una entrada de blog creo que es suficiente. Si alguien quiere mayor información, existen numerosos tratados y ensayos acerca de la política que nos permiten ver todos los pequeños detalles y las grandes relaciones que produce la política, así como explicaciones más extensas y más concretas de lo que la política es. Pero, para lo que yo me propongo ahora mismo, creo que esto será suficiente.

Obviamente, lo primero que remarcaría es el contexto, las reglas del juego. Hay ciertas cosas que no se pueden hacer para lograr nuestros objetivos. Estas cosas son ilegales, puesto que la legalidad, la ley, la constitución, el código civil, el código penal, etc., son los criterios y los límites en los que nos movemos. Saltarnos las reglas de juego sólo puede llevarnos a destruir el juego, iniciando uno nuevo con unas reglas diferentes (véase todo lo que tengo dicho en posts anteriores sobre el movimiento de Democracia Real Ya).

Sin embargo, las herramientas a nuestro alcance en el modelo actual no son sólo los votos que depositamos en las urnas cada cierto periodo de tiempo, con los que elegimos a gente que nos represente. Tenemos muchísimas más maneras de hacer política. Y cada día se aumenta el número. Podemos asociarnos, por ejemplo, en entidades de la sociedad civil, para así ejercer un poder determinado de manera reglada. Las asociaciones culturales, las asociaciones de vecinos, los centros cívicos, etc., proporcionan una excelente plataforma para actuar políticamente para quien no desee adentrarse en el múndo de los partidos políticos o de los sindicatos.

Y también podemos actuar de manera individual. Hasta ahora, era extraño que nuestra simple y atenuada voz pasara de la discusión de cafetería en la que se arregla el mundo, o de la carta de protesta por una cuestión concreta a una administración, o por una carta al director de un periódico, con la que se quiere hacer pública una opinión personal. Sin embargo, ahora tenemos a nuestro alcance medios avanzadísimos para poder divulgar nuestra opinión, y con ello plantear debates, discusiones, problemas, soluciones, y demás actividades que podemos adscribir al fenómeno de la política. Estas herramientas nos las proporciona la gran revolución de nuestro tiempo: internet. Las telecomunicaciones han llegado a tal punto de globalización que una persona ahora mismo en Nicaragua puede leer lo que yo he escrito, informarse sobre qué es lo que cito, qué es lo que planteo; puede preocuparse por mis problemas, empatizar y simpatizar conmigo; puede opinar, aportando críticas tanto positivas como negativas; puede denunciarme si yo he ofendido a su honor o privacidad, y un largo etcétera de cuestiones que vienen ligadas a la inmediatez y extensión de los medios digitales.

De tal manera, el uso de los blogs como éste, de Facebook, de Twitter, de los medios de comunicación digitales, y demás soportes para nuestras aportaciones amplían la red de opinión y discusión desde la mesa de la cafetería hasta el planeta entero. Observamos, por ejemplo, como de manera paralela al “debate” que se produjo entre dos de los candidatos a la presidencia del gobierno de España, se manifestó un conglomerado de debates, opiniones y aportaciones inmediatas a través de la red, tanto de firmantes concretos como de personas anónimas. También vemos como, día a día, la campaña electoral no sólo la realizan los políticos, sino que nuestras preocupaciones llegan a muchos, y nuestras opiniones y planteamientos también, pudiendo o no influir en la posterior decisión de un votante.

En resumen, la política ya no sólo se hace en los mítines de partido, ya no sólo se hace en los debates sesgados y acotados, ya no sólo se hace en las tertulias de cafetería (televisivas o no), sino que se hace en la “nube”, en este mundo digital tan poco físico y tan amplio. Las pantallas de nuestros móviles y ordenadores se han convertido en los centros de discusión política, y nosotros, más que nunca, podemos aportar ese granito de arena para cambiar las cosas, buscar nuestro propio interés y convencer de nuestras posiciones a los demás, lo que, al fin y al cabo, es la política.

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