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Sin paciencia

Se acaba la paciencia. Día a día observamos cómo los políticos hacen la vista gorda (cuando no se unen sin escrúpulo alguno) a las artimañas inmorales y despreciables de una serie de personajes dedicados, oficialmente, al mundo empresarial y financiero, pero extraoficialmente a jorobar, robar, hundir, matar de hambre y humillar a cada día más gente.
Y la paciencia se acaba. Salimos del desgobierno de un inútil integral, un incapaz que ha demostrado que el orgullo es la patria de los necios, y que las equivocaciones suenan a aciertos bajo los aplausos de los fieles correligionarios, de mentes subyugadas por una profunda y repugnante conciencia de partido. Ahora, nos dirigimos al descontrol que supondrá el gobierno de aquellos que generaron la crisis de la vivienda española, en los tiempos de Aznar, conocidos por su bonanza económica, que escondía la inevitable ruina del estado español. Es decir, vamos de Guatemala a guatepeor.
Y se acaba la paciencia. Observamos impasibles cómo los banqueros públicos, designados por esas piltrafas despreciables a las que llamamos políticos, hunden las cajas de ahorro y se van de rositas con el dinero del saqueo. Observamos cómo una inútil justicia permite desigualdades entre comunidades autónomas, entre ciudadanos, entre españoles.
¿Y se supone que tenemos que continuar como si no pasara nada, hasta que nuestros ahorros desParezcan en manos de los hijos de mala madre que gobiernan a los inútiles despreciables que nos gobiernan a nosotros?
¿Se supone que tenemos que permanecer como estatuas de mármol mientras los únicos que plantean haber algo son h a panda de desaliñados abraza-árboles que, con sus iniciativas, aunque sin saberlo (por estupidez) llevan a la democracia a su extinción?
Se supone que tenemos que permanecer pacíficos, ordenados y quietitos, sin hacer demasiado judo mientras los mayores juegan con muestro futuro y nos dicen que todo irá bien. Se supone que tenemos que ser pacientes, no violentos, respetuosos y prudentes. Pero, ¿quién piede decirme que, al pensar en cualquiera de esos residuos sociales antes mencionados no siente la imperiosa necesidad de golpear un saco cual boxeador? ¿Quién puede asegurar que alguien no vaya a hacerlo tarde, o quizás más temprano de lo que creemos?

  1. 10 octubre 2011 a las 17:32

    A la mayoría de la gente, después de la paciencia aun les queda el filón del miedo. Pero también se agota cuando ya queda poco que perder.

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