PERIDOXA

Twain, toma 4

Publicado en Genealogía de Mark Twain, Humor, Literatura por J. Sanz en 11 Noviembre 2008

Concluimos:

Una genealogía ilustre

Apendice, por Mark Twain

continuación…

El bisnieto de Juan Morgan floreció en 1600 y pico. En los anales populares de América se le llama “El Viejo Almirante”. Pero me consta que la puntillosa Historia le distingue con otros apelativos.

Durante bastantes años ejerció mando en numerosos barcos bien armados y equipados; barcos todos ellos velocísimos; quizá los más veloces de cuantos surcaban los mares.

En posesión de tales corceles oceánicos, no causará extrañeza que al “Viejo Almirante” le divirtiese hacer correr a los pesados galeones de comercio. Nave que él divisara y tuviese a la vista, duplicaba y aun centuplicaba su marcha. Mas, si por ventura, no sacudía su pereza, sulfurábase el Almirante hasta el punto de caer sobre la pícara tortuga y llevársela al punto donde el gran estimulador de velocidades amarraba sus bajeles. Una vez allí, quedaba el barco ajeno cuidadósamente conservado, hasta que sus armadores iban a reclamarlo. Cosa que nunca hacían, dicho sea de paso.

Mientras tanto, y a fin de que el ocio no matase de aburrimiento a la tripulación del navío castigado, obligábala el Almirante a hacer ejercicio físico seguido de un baño. Era un pasatiempo divertidísimo, llamado en la jerga marienra “saltar del trampolín”. Sin duda debía agradar a los saltarines, por cuanto ninguno de ellos formuló jamás protesta, grande ni chica, acerca del ameno juego.

Si los armadores se hacían esperar demasiado, poseído el Almirante de santa indignación prendía fuego al barco detenido. Con lo que se evitaba la pérdida del seguro.

Y así se deslizó la plácida existencia de este simpático lobo de mar. Pero llegó un día, ¡día nefasto!, en que vio interrumpida bruscamente su brillantísima carrera. Cogióle la muerte en la plenitud de sus funciones y de sus dignidades. La inconsolable viuda del grande hombre estuvo creyendo hasta el mismo instante de llamarla Dios a su seno, que, de interrumpirse la vida de su esposo quince minutos antes, acaso podría haver resucitado el bravo marino el día del Juicio Final.

Carlos Enrique Twain vivió durante la segunda mitad del siglo XVII, y fue celosísimo y famoso misionero. Dícese que convirtió dieciséis mil mahoríes, enseñándoles, entre otras varias cosas, que un collar de dientes de perro y unas gafas no constituían vestimenta adecuada para presenciar los servicios religiosos.

Aquella amable grey adoraba a su pastor. Cuando este feneció, los dieciséis mil mahoríes salieron del banquete funerario llorando como un solo hombre, y diciéndose que jamás volverían a tener un catequista de tan buenas presndas personales; tan tierno y exquisito en todas sus cosas. Muchos mahoríes convenían, sin embargo, en que Carlos Enrique Twain había resultado poco misionero para tantos hijos espirituales.

Y aquí hago punto final. En cuestiones genealógicas es poco prudente meterse en biografías de antecesores ya muy cercanos. Es preferible proceder como yo he procedido: hablando vagamente de los antepasados lejanos, y luego pasar de un salto a los tiempos actuales. Ya en ellos, hablaré de mí.

Nací pequeñito y sin dientes, circunstancia en que me han aventajado otras personas ilustres, entre ellas Ricardo III, quien vino al mundo con su dentadura completa. En cambio yo nací sin joroba. Y en esto aventajé al susodicho monarca. Mis padres no fueron ni muy pobres ni… pero ahora caigo en que comparada mi biografía con la de mis antecesores habría de parecer pálida. Más vale dejarla para cuando me ahorquen.

Si algunas biografías de las que me ha tocado en suerte leer se hubiesen interrumpido en la espera de un suceso como al que acabo de hacer referencia, ciertamente hubiera tenido por qué felicitarse el público. ¿No les parece a ustedes?

Twain, toma 3

Publicado en Genealogía de Mark Twain, Humor, Literatura por J. Sanz en 30 Octubre 2008

Seguimos un poco más:

Una genealogía ilustre

Apendice, por Mark Twain

continuación…

Algunos lustros después aumentó sus timbres la familia con el ilustre Juan Morgan Twain, pasajero de la carabela Santa María en su primer viaje a América.

Todas las crónicas están conformes en afirmarlo: Juan Morgan Twain era hombre áspero y descontentadizo.

Sábese que durante aquella memorable jornada no pasó día sin que protestase de la alimentación de a bordo y amenazase con desembarcar de no cambiarse el régimen de las comidas. Cuando no era esto era otra cosa. A veces la tomaba con el gobierno del barco, y decía que Colónignoraba dónde iba y lo que debía hacer en América. El famoso grito de ¡Tierra! galvanizó todos los corazones menos el de Juan Morgan Twain. Mirando despectivamente al mar y extendiendo su diestra hacia la lejana línea del horizonte, exclamó: “no es tierra; es una balsa”… Y acertó.

Detalle interesante: cuando tan molesto pasajero entró a bordo llevaba por todo equipaje un pañuelo con las iniciales B. G., un calcetín de algodón marcado L. W. C., otro de lana con las letras D. P. y una camisola de dormir con la seña O. M. R. Todo este ajuar iba envuelto en un periódico con fecha muy atrasada.

Lo que no impide para que Juan Morgan molestase a la tripulación recomendándole el cuidado de sus bagajes y se diese importancia en el castillo de proa hablando a los pasajeros de la deficiencia de los servicios en el Santa María. En una tormenta, la nave se inclinó persistente a babor. Colón no se explicaba a qué podía obedecer. Pero nuestro Morga salvó la carabela del naufragio aconsejando la carga de su equipaje a estribor. Con lo que quedó restablecido el equilibrio.

(más…)

Twain, toma 2

Publicado en Genealogía de Mark Twain, Humor, Literatura por J. Sanz en 22 Octubre 2008

Lo prometido es deuda:

Una genealogía ilustre

Apendice, por Mark Twain

continuación…

Durante los dos siglos inmediatos nuestro bello árbol genealógico presenta una sucesión de hombres de guerra. Fueron todos ellos bizarros luchadores, siempre en retaguardia de los ejércitos, en asaltos y combates; siempre a la cabeza de las tropas, en saqueos y retiradas. Esta rama del árbol familiar fue la más fructífera, ya que rendía cosecha en todos los tiempos y se apropiaba el jugo de todos los suelos.

En los albores del siglo XV tuvimos al Hermoso Twain, llamado por algunos El Escolástico. Su principal gloria la conquistó pluma en mano. Podía imitar la letra ajena de modo tan maravilloso que sus escritos, si no aventajaban en pureza de líneas a los mismos originales (lo que hubiera inferido crueles heridas de amor propio), se les asemejaban de todo en todo.

Siendo este su pasatiempo favorito, gozó mucho en el mundo. Lástima fue que lo dejara y se dedicase al deporte náutico. Diole, en efecto, por remar en las galeras del rey, y en ellas se estuvo cuarenta y dos años cabales, o sea hasta pasar a mejor vida. Siempre artista; murió contemplando el mar desde lo alto de una verga. Fue una lástima.

Sus excelentes dotes de carácter le habían granjeado el aprecio de todos los compañeros de deporte. Por ellas y sólo por ellas conquistó la presidencia de la Sociedad secreta llamada Los compañeros del Eslabón. Persona algo excéntrica, vistió casi siempre trajes amarillos y llevó rapada la cabeza. Su muerte causó gran pesar al Gobierno y fue considerada una gran pérdida para la patria. Pocas abnegaciones ha habido como la suya.

Continuará un poco más…

Twain, toma 1

Publicado en Genealogía de Mark Twain, Humor, Literatura por J. Sanz en 9 Octubre 2008

He decidido, de manera altruista, mostraros una de las porciones de literatura más divertidas de todas con las que me he encontrado a lo largo de mi historia como lector (que no es demasiado larga aun). Se trata de una genealogía que Mark Twain hace de su familia (nótese que hablo de “Mark Twain”, el pseudónimo, no de Samuel Langhorne Clemens, el escritor). No es excesivamente larga, pero creo más adecuado que vaya desvelando esta pequeña lectura en porciones que nos permitan deleitarnos con el fino humor de Twain cuando gustemos, y mantener en vilo a los que aun no conocen esta piececita literaria del maestro estadounidense. 

Ahí va el primer regalito:

Una genealogía ilustre

Apendice, por Mark Twain

Varias personas me han invitado, en diversas ocasiones, a trazar mi propia biografía para su regalo y contento en las horas de ocio.

Accedo, pues, a esa cariñosa invitación. Y ahí va mi historia.

La noble casa de los Twain tiene su origen en remota antigüedad.

Mas el primero de mis antecesores, respecto del cual hay ya datos precisos, fue un amigo de la familia llamado Higgins. Ello ocurrió en el siglo XI, cuando los Twain vivían en Aberdeen, condado de Cork, Inglaterra.

A que se deba el que mi dilatada ascendencia haya venido usando desde entonces el apellido materno (salvo alguna que otra incursión en el apodo para evitarse ciertos disgustos) en vez del paterno, misterio es que ninguno de nosotros ha tenido nunca grandes ansias de descubrir. Ello constituye algo amablemente novelesco que sería lástima despoetizar. En buen número de viejas familias ilustres ha ocurrido lo mismo, después de todo.

Arturo Twain fue un hombre en extremo considerado por las gentes. Desempeñaba el oficio de procurador en los caminos reales, allá por la época de Guillermo Rufo. Como, según parece, procuraba para sí con exceso, suscitó envidias y odios. Tendiéronle un lazo, cayó en él, y lo encerraron en una mansión de delicias, de donde no volvió a salir. Creo que falleció allí repentínamente a la edad de treinta años.

Augusto Twain hizo mucho ruido en el último tercio del siglo XII. Dicen que fue persona atrózmente divertida. Una de sus bromas predilectas consistía en ocultarse tras de las esquinas, provisto de pesado espadón, y no bien acertaba a pasar alguien molesto a tercera persona, lo abría de arriba abajo para ver lo que tenía dentro. Como se observará, Augusto Twain había nacido filántropo y humorista.

Tuvo la mala ocurrencia de llevar muy adelante las bromas, y, cierto día, la gente de justicia se tomó el desquite, amputando al humorista la fábrica de sus graciosas ocurrencias. Por una delicada atención de la justicia, aquel trozo capital de Augusto Twain quedó clavado en una larga estaca para que pudiera contemplar al pueblo desde alto y reírse a su costa. La verdad es que el divertidísimo individuo no había pensado jamás en ocupar posiciones tan elevadas. Ni nunca tuvo tan bien sentada la cabeza.

Continuará, os lo prometo.