Independencia – Javier Sanz Fernández
Los problemas de la independencia llegan cuando alguien amenaza esa maravillosa idea que tenemos algunos de poder vivir con periodos de soledad.
La soledad no me resulta mala. Disfruto mucho estando solo de vez en cuando. No soy un lobo solitario que disfrute de una especie de vida ermitaña, sino que me gusta poner mis pensamientos en orden, o desordenarlos, depende del momento, me gusta escuchar música yo solo, disfrutar de ella; me encanta pasear solo contra el viento y escuchar el sonido que hace en mis oídos al chocar; me gusta mucho quedarme una noche en casa leyendo sentado en un cómodo sillón, y todas estas cosas que se hacen mejor cuando estamos solos.
Pero el problema surge, como decía al comienzo, cuando algo interfiere en esa perfecta red de rutina solitaria que tanto nos gratifica a algunos y se inmiscuye en nuestra vida. Por poner un ejemplo, ocurre cuando sufrimos esa faena a la que llaman amor.
Cuando dependemos de otras personas para nuestra felicidad más primaria, descubrimos que esa dependencia atenta contra nuestro gusto por la soledad, puesto que entre dos nunca se hace lo que quiere uno, sino lo que desean ambos. Si entre las cosas que debemos compartir en el amor es nuestro tiempo, nos incomoda la idea de perder nuestra soledad.
Es muy gratificante estar acompañado de la persona que queremos, pero no es divertido tener una rémora en nuestros hábitos, que cambien no solo nuestros sentimientos, sino nuestros placeres. Todo cambia, pero hay cosas que me siguen gustando como antes.
En ocasiones ideamos mecanismos de defensa frente a estas incursiones. Una de ellas, a la que desgraciadamente me veo abocado a usar muy de vez en cuando, es alejar a esa persona que intuimos nos puede estropear el castillo de naipes de nuestra independencia tratándola con hosquedad, irascibilidad y todas estas palabras que definen el estado de ánimo mas conocido como ser borde. Expulsamos así a quien queremos de nuestra vida por considerar que es un peligro para nosotros, encaminándonos a la meta de la independencia y autocracia sentimental, pero sufriendo el remordimiento de la injusticia por nuestros actos, ya que hemos herido a una persona que no se lo merecía por su forma de ser o sus sentimientos.
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando no usamos ese muro defensivo y nos vemos enredados en la maraña que intentábamos evitar? ¿qué hacer cuando hemos caído en esa clase de vida compartida unida por una dependencia mutua que queríamos mantener alejada?
No creo que exista una respuesta general, puesto que nuestra pareja es algo que necesitamos, inevitablemente para sentirnos en parte completos. Por eso mismamente el amor es compartir, y por eso nos atemoriza tanto la sensación de estar enamorados, y la satisfacción y plenitud que sentimos al compartir algo con nuestra pareja. Pero cuando ese algo es el tiempo que necesitamos para nuestra soledad, y se nos ve arrebatado por las lícitas necesidades de nuestra pareja, el amor se convierte en molestia: necesitamos de el pero queremos evitarlo.
Cada persona es un mundo, eso está claro. Los consejos que se puedan dar no son generalistas. El relativismo y el escepticismo dictan los consejos sobre el amor. Aun con esta visión pesimista, me atrevo a decir que el tiempo acaba por unificar la conducta de los que se quieren. Así como podemos saber el estado de ánimo de nuestra pareja solo con mirar en sus ojos, podemos a acostumbrarnos a ceder en los momentos en los que uno de los dos necesita soledad, tragarnos el sentimiento de posesividad asociado a toda relación amorosa y apartarnos cuando sea necesario, puesto que lo mas importante del amor es el conseguir que el ser amado sea feliz, de manera análoga a nuestra felicidad.
En conclusión: ceder es la clave cuando se trata de convivir. Pero dar es recibir, y no podemos ofrecer nada si no tenemos el convencimiento de que vamos a recibir algo cuando lo necesitemos. La solidaridad está en el mismo nivel que el egoísmo.
