PERIDOXA

Acerca de los usos cognitivos del lenguaje – Javier Sanz Fernández

Trabajo de Filosofía de la Psicología II, curso 2006-2007

 

En la filosofía de la mente y la filosofía del lenguaje, el papel en la cognición del lenguaje es algo que genera discusiones amplias y variadas.

Uno de los grandes puntos de controversia es la teoría por la cual se cree que el lenguaje público, es decir, el inglés para un anglo parlante y el español para un castellano parlante, pueda tener un uso en la cognición, y las teorías más o menos relativistas que se derivan de ese hecho, como considerar que el lenguaje que hablemos es el que determina nuestra percepción del mundo y nuestro modo de pensar, y por tanto, nuestro comportamiento. Teoría por la cual yo, que soy castellano parlante, veo el mundo de manera diferente a mi a migo Thomas, que es de Leicester, anglo parlante; y que las diferencias en nuestros comportamientos, con respecto a los cuales tomamos ciertas decisiones y no otras a lo largo de nuestra vida, dependen esencialmente de que para pedir algo, yo digo “por favor” y él dice “please”, y que para agradecerlo, yo digo “gracias” y el “thank you”.

Este es un punto de vista digamos extremo, pero existen multitud de visiones intermedias con respecto a las cuales la percepción del mundo depende del lenguaje con el que realizamos la cognición, si es que existe un lenguaje en el cual conocemos las cosas, un intermediario entre la realidad del mundo y el reflejo que en nuestra mente hacemos de él para interactuar con lo que nos rodea.

Este debate es tan antiguo como la propia filosofía, y me da la impresión que será tan largo como pueda durar la misma. Por ejemplo, ya Aristóteles diferenciaba al hombre como el animal que habla, y a los que hablaban griego como los civilizados, es decir, como los que, gracias a su idioma, a su lenguaje, concebían el mundo de manera diferente del resto de los hombres, que no pasaban de ser bárbaros, porque no hablaban griego. Ya se observa que en esa época es el lenguaje el que determina la posición en la sociedad. Los hombres libres eran los que tenían palabra, derecho a opinar por medio de su lenguaje, y el resto, los que no eran ciudadanos libres, eran aquellos que no tenían derecho a hablar públicamente en los temas que afectaran a la polis. Y si es el lenguaje el que determina nuestro estatus en el mundo, ¿por qué no pensar que es él mismo el que determina nuestra visión del mundo?

El buen uso del lenguaje, de la retórica, de la conversación, de la argumentación, y en definitiva, la capacidad de debate, de uso del lenguaje para los propósitos propios es algo bien conocido. Lo llamamos labia, consideramos que aquel que es capaz de convencer con la palabra es más poderoso que cualquier gorila que basa su poder en su fuerza. La influencia de las palabras a lo largo de la historia es clara y grandiosa. Los grandes oradores han conseguido que se les recuerde, y han conseguido que se les siga, en su época e incluso después, en sus propósitos. Por ejemplo, recordamos grandes expertos de la palabra como Sócrates, Pericles, Cicerón, Julio Cesar, Hitler, Martín Luther King, Fidel Castro, etc., personas que gracias a su palabra han influido en la historia. Esto podría darnos una pista esencial para concebir el lenguaje como el vehículo de nuestro pensamiento, ya que, ciertas personas, ayudadas por el lenguaje, son capaces incluso de manipular el pensamiento de los demás.

Además de todo esto, está ese hecho al que todos podemos llegar si nos observamos un poco en nuestro quehacer habitual: hablamos con nosotros mismos. Cuando pensamos, estamos emitiendo oraciones, aunque inconclusas en la mayor parte de las ocasiones, pero oraciones. Cuando alguien nos pregunta “¿en qué pensabas?” no dudamos en responder con la misma oración de nuestro lenguaje que estaba en ese momento pasando por nuestra mente.

¿Acaso no nos hemos preguntado alguna vez en qué idioma soñamos? La mayoría de nosotros, sin pensarlo, diría “en castellano”, o “en inglés”, o “en alemán” o “en suahili”, etc. El sueño es el más inconsciente de los actos de los que tenemos constancia en nuestro pensamiento, y siempre que nos referimos a aquello en lo que hemos soñado lo explicamos con nuestro lenguaje, sin problemas, porque creemos que ha ocurrido en nuestro lenguaje.

Las teorías que refieren al lenguaje como estructurador, vehículo y requisito necesario del pensamiento comienzan probablemente con claridad en los escritos de Herder y Hamman, los analíticos, Humbold, Sapir y Whorf, y tiene su contrapartida en las teorías de Chomsky y su continuación por parte de Fodor, Pinker y Clark.

Desde el punto de vista del debate científico cognitivista, los argumentos se suceden, se refutan, surgen nuevas posiciones y nuevas aportaciones que hacen cada vez más amplio el espectro sobre el que actuar. El componente social se presenta como un resultado del lenguaje, o como un generador del mismo, y el concepto de conciencia colectiva nos lleva a pensar si el que dicha conciencia coincida con los hablantes de una lengua es un hecho probatorio de que el lenguaje es el vehículo del pensamiento y el componente imprescindible de los comportamientos.

Obviamente, trataré el problema de los argumentos a favor y en contra de dicha teoría, haciendo especial énfasis en el argumento de la ambigüedad del lenguaje natural frente a la precisión del pensamiento. Pero a raíz de este argumento me gustaría alejarme sutilmente del debate en términos científicos y hacer una reflexión menos especializada y más basada en el sentido común, o mejor dicho, el mi sentido común, mi opinión acerca de las posiciones y, sobre todo, acerca del debate en sí.

En primer lugar, afrontemos el argumento principal, el de la ambigüedad del lenguaje natural, posicionando claramente las dos visiones de esta discusión.

En primer lugar, tenemos a los defensores de que el lenguaje es el vehículo de la cognición, como Peter Carruthers. Lo que viene a significar esto es que, según el señor Carruthers y los afines a su posición, el papel del lenguaje en el aprendizaje es pleno, ya que el pensamiento se ejecuta en el lenguaje, y por lo tanto, sin lenguaje en el que ejecutar un pensamiento, no tenemos pensamiento en sí. Y está claro que si no podemos tener pensamientos, o procesos mentales, no podemos aprender cosas.

La segunda posición es la de Chomsky, Fodor, Pinker y un largo etcétera. El lenguaje no podría ser el vehículo del pensamiento y de la cognición por que la teoría representacional de la mente cierra las puertas a dicha opción. Según esta teoría, el proceso de pensamiento es similar al de una máquina de Turing: es decir, a partir de procesos simples separados, el complejo resultante de todas las operaciones es un pensamiento. Este requisito nos lleva a la premisa de que esas operaciones simples tienen que ser concretas.

Empecemos con el argumento presentado por la “facción” de Carruthers: la introspección es reveladora del uso del lenguaje propio o natural como vehículo del pensamiento. al escribir esto, al hablar conmigo mismo mientras ejecuto un proceso dividido en pasos concretos que voy repitiéndome a mi mismo en mi mente, al pensar los problemas y preguntas que nos pasan por la cabeza, observamos que es el lenguaje natural el que usamos.

Por el contrario, en el marco de la TRM vemos que es imposible que el pensamiento se produzca en el lenguaje natural, porque su ambigüedad hace imposible que entendamos el pensamiento propio. El pensamiento, como veíamos antes, tiene que ser claro, específico. El lenguaje, sobran los ejemplos, es ambiguo y oscuro. Es por ello que tenemos tantos problemas para poder expresar nuestro pensamiento a los demás, y que cuando hablamos de algo que hemos pensado o soñado, las únicas personas que entendamos claramente lo que queremos decir somos nosotros. El ejemplo claro es la novela. El novelista escribe un capítulo que tiene lugar en un paisaje determinado, y cuyos personajes sienten cosas determinadas. Pues bien, cuando vemos esa novela hecha película, en raras ocasiones coinciden paisaje, sentimientos o acciones como nosotros las habíamos imaginado, ni siquiera como el propio novelista las ha pensado mientras las creaba, sino como el director de la película ha entendido. La ambigüedad de algo como la novela, que es un conjunto de explicaciones de pensamientos trasmitidos por el lenguaje natural, nos da el ejemplo perfecto para explicar este problema.

Además de este argumento sólido en contra del de la introspección de Carruthers, podemos observar como a muchas personas que han perdido su capacidad lingüística y continúan pensando a la perfección (afásicos). O por el contrario, a personas que no tienen los procesos mentales en su plenitud y sin embargo son capaces de articular a la perfección un lenguaje.

Habiendo explicado brevemente estas dos posiciones, voy a adentrarme en una tercera vía, una visión intermedia que acepta la premisa de la TRM, pero que no desecha el lenguaje como instrumento cognitivo. La clave es que no es el instrumento cognitivo, sino uno más de entre los mismos.

A lo que aludía antes cuando me refería a nuestros monólogos interiores al ejecutar procesos complejos (oirnos pensar en lenguaje natural) es a lo que se dirige esta posición, representada por Andy Clark.

El lenguaje sería un segundo orden en el pensamiento. una herramienta que nos ayudaría a concentrarnos en la tarea a efectuar. Sería un segundo vehículo, o mejor dicho, una calzada mejor pavimentada sobre la que el pensamiento se dirigiría a su objetivo con mayor facilidad.

Ahora bien, como dije antes, alejándome de la visión científica del asunto, me gustaría adentrarme un poco en una visión mas coloquial, común, si se prefiere, de la discusión.

La reflexión que ha originado en mi este debate es la de la segunda conciencia. Me explico: los humanos somos conscientes de que pensamos. Desde aquel pienso luego existo cartesiano, el hecho de saber que pensamos ha dado lugar, entre otras cosas, a la propia ciencia cognitiva (sabiendo que pensamos, hay que saber cómo pensamos).

Pero más allá de esta concepción de nuestro pensamiento, yo me he fijado que somos capaces de ser conscientes de que somos conscientes de que pensamos y de lo que pensamos, y que podemos reflexionar sobre nuestros propios pensamientos, y sobre el por qué de su aparición.

El papel que el lenguaje natural tendría en toda esta parafernalia es el de vehículo de esa segunda conciencia. A nosotros mismos nos explicamos el por qué pensamos, y reflexionamos sobre lo pensado. Pero esto lo hacemos en el lenguaje natural, porque lo que en realidad estamos haciendo es extraernos de nosotros mismos, y mirarnos desde fuera. Seríamos, en cierta manera, los comentaristas de la jugada, siendo nosotros mismos los jugadores.

Los pensamientos, y la conciencia de estos pensamientos se produciría en el lenguaje del pensamiento, sea el que sea. Pero la segunda conciencia sería en lenguaje natural.

Un ejemplo es el diálogo con otra persona. Pongamos como situación dos amigos que hablan de lo que para ellos es el amor. Lo que están haciendo en primer término es pensar sobre un sentimiento. Ese primer pensamiento, preciso, exacto, se produce en el lenguaje del pensamiento. Pero a continuación pretenden explicar a su interlocutor exterior dicho pensamiento, para lo cual no pueden, por supuesto, usar el mentalés, ya que no es accesible como lenguaje natural. Lo que hacen es traducirlo al lenguaje natural, en nuestro caso, al castellano. Obviamente, al ser el castellano ambiguo, como todos los lenguajes naturales, el receptor escuchará los intentos del emisor por describir con la mayor precisión el pensamiento de lo que él cree que es el amor, pero nunca conseguirá conocer exactamente ese pensamiento, sino tan solo acercarse a él.

La incapacidad para expresar los pensamientos propios en lenguaje natural nos abre las puertas a pensar que seremos incapaces de indagar en el contenido exacto de los pensamientos, y por analogía, que seremos incapaces de averiguar cómo se producen los mismos. En cierta manera, es lo mismo que predijo Fodor cuando dijo que no podemos conocer acerca del funcionamiento del procesador central.

Echando la vista atrás, podría decirse que, en realidad, la mente sí que es un teatro de sensaciones, y que el lenguaje natural es un vano intento de poner orden en el caos, aunque nunca dicho caos pidió ser ordenado.

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