Muros
He celebrado la caída del muro de Berlín. No lo recuerdo. Tenía tres años, y no conservo recuerdos de aquel momento. Veo las imágenes y me emociono al observar una multitud pacífica derribando con martillos el gran símbolo de la separación de dos mundos.
Sin embargo, veo a una generación que no es la mía. Una generación que me ha educado, que me ha proporcionado unos valores que, en gran medida, proceden de actos como aquel. Luego miro a mi generación, y veo a los hombres y mujeres que en un futuro, esperemos que no sea muy lejano, derriben los muros que se siguen construyendo hoy día. Veo jóvenes que han nacido en libertad, en igualdad de derechos, jóvenes que disfrutan desde su nacimiento, como yo lo hago, del estado del bienestar. Jóvenes que, aunque sean enormes y terribles las crisis que nos asolan, permanecen distantes y ajenos a una lucha que les resulta externa y sin sentido. “Apoltronados”, que diría un amigo mío. También, por suerte, veo jóvenes que conservan principios y que los ponen en práctica, porque tener una idea no sirve de nada, si no la llevas a cabo. Veo jóvenes que colaboran en ONGs, que se manifiestan contra aquello que les causa rechazo.
Es en esos jóvenes donde quiero ver la reencarnación de los que derribaron el muro de Berlín. Sin embargo, son diferentes los muros que nos separan hoy en día.
Por ejemplo, los muros físicos se han agrandado y sofisticado, como aquellos que delimitan fronteras y cortan el tráfico de personas e ideas (Israel- Palestina, Estados Unidos-México). O aquellos que rememoran los de la guerra fría (bloqueo de Cuba). E incluso hay muros que van más allá de lo físico, como el rechazo y la dificultad de integración de los inmigrantes en el mundo occidental . El muro del miedo, levantado por los que se benefician del temor de la gente y de las guerras y terrorismos, no puede tocarse, no puede verse, pero puede sentirse. Y si puede sentirse, puede derrumbarse.
Hoy, como curiosidad, he escuchado una noticia que me ha hecho imaginar un muro tan grande y sólido que me da pavor: algunos dirigentes de Izquierda Republicana de Cataluña han contratado traductores para ciertas personas nicaragüenses en Cataluña. Podía no ser más que una anécdota, un episodio más en el manual de la estupidez humana. Pero no lo he visto así. Es un muro, un muro que debemos tirar: el muro del nacionalismo. Todo patriotismo es excluyente, toda nación es contrapuesta a otra u otras. El sentimiento nacional se basa en la exclusión de otros. La pertenencia se basa en el odio a lo ajeno. El nacionalismo, en todas y cada una de sus formas, moderadas, extremas, violentas, pacíficas, se basa en la premisa de una diferencia inexistente. No hay diferencia entre un catalán y un nicaragüense. No la hay, porque ambos son seres humanos. Además, hay un punto de encuentro: comparten un lenguaje.
He visto, cuando he viajado, el afán de comprensión mutua que existe entre dos personas que no comparten un idioma. Me he comunicado con personas que solo hablaban polaco, idioma que yo desconozco. He chapurreado multitud de lenguas diferentes con tal de poder decir aunque solo sea “hola”. Sin embargo, ese esfuerzo no es necesario en el caso que nos atañe. Pero, por desgracia, se ha creado esa necesidad. En lugar de valorar lo que nos une, se ha magnificado lo que nos separa.
Eso es, sin más, el nacionalismo. Ser patriota es magnificar lo propio a costa de lo ajeno. Es amar lo propio odiando lo ajeno. Es defender al “nosotros” atacando al “los otros”. Es un muro muy difícil de derribar. Y está en nuestras manos el hacerlo.

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