Lisboa

Pescadores en Casilhas, al otro lado del estuario del Tajo.
Como muchos sabéis, he podido disfrutar de un maravilloso viaje estas vacaciones primaverales. Mi destino ha sido Lisboa, si bien en ocasiones como ésta el destino es menos importante que la compañía, y esto segundo, como podéis imaginar, ha sido inmejorable.
Lisboa, tal como la he conocido, recorriendo sus calles durante cinco días, respirando sus olores y escuchando sus ruidos, cruzándome con sus gentes y tomando sus pasteles, es uno de los lugares más mágicos que he visto. Más que una ciudad, se trata de un increíble amasijo de casas unidas en lo que puede parecer un patrón desordenado, y que visto desde la lejanía no es sino un apilamiento de edificios sobre las laderas de colinas y a la orilla del Tajo. Sin embargo, la vida que entre las calles discurre responde a dos tipos de ciudad muy diferentes.

El tranvía que sube al Castillo de San Jorge
El primer tipo, la ciudad cosmopolita y turística. El ir y venir de viajeros se confunde con la actividad incansable de los miles de trabajadores que se mueven por las calles. La ciudad es como una plantilla modélica de ciudad europea implantada en el centro del áfrica negra. Los inmigrantes dan un color al paisaje, y la multitud de idiomas que se cruzan en la calle proporcionan el marco más abierto que conozco para aquellos que disfrutan escuchando.
El segundo tipo es el de la quietud, la sobra y la tranquilidad de las calles más alejadas del turismo y de las cámaras de fotos. Los saludos cariñosos, los panoramas increíbles que se vislumbran a cada vuelta de la esquina, el melodioso sonido del portugués mezclado con el chirriar del tranvía, el olor de los pasteles, del bacalao, de un café caliente y un vino dulce… Las sensaciones de una ciudad que opone al movimiento más frenético y al ritmo más acelerado la vida más tranquila y la calma más relajante.
Ambas ciudades son inseparables, y la experiencia de las dos es la experiencia de la verdadera Lisboa, del corazón de Portugal, volcada al mar, pero desde un río, agitada por el movimiento del mundo, pero que reposa en la tranquilidad como un gato que duerme hecho una bola. Una ciudad que se resiste en cierta manera a perder ese equilibrio tan precario entre lo viejo y lo nuevo, entre tradición e modernidad, entre turistas y habitantes. Lisboa conoce sus necesidades, y quiere abanderar el progreso en un Portugal tradicionalmente supeditado a los avatares de su vecino, pero no desea perder las pocas raíces que aun no tiemblan en su suelo.

Panorámica de Lisboa
No quiero contaros mucho más, porque no serviría de nada. Lisboa ha de conocerse caminando sobre sus millones de adoquines, subiendo sus cuestas y observándola desde cerca y desde lejos.

El estuario al atardecer, con el puente 25 de Abril de fondo
Y a ese lejos me gustaría darle importancia. Mi afición a la fotografía es por todos conocida. No soy un experto en la materia, pero me gusta creer que en algunas ocasiones acierto en la imagen concreta. Por eso, os muestro algunos de los resultados en las fotos que adornan este “pequeño” escrito dedicado a una ciudad que será difícil de olvidar para mí, y que recomiendo sea visitada por todos los que no lo hayáis hecho todavía.
Mientras tanto, mientras esperáis el momento más idóneo para ir por primera vez o para volver a visitarla, escuchad a mi salud un fado mientras tomáis una copa de Alentejo. Espero que no sea muy largo el periodo que pase hasta mi siguiente visita a esta ciudad que crece como regada por las aguas dulces del Tajo y el salado del atlántico más abierto al mundo que se puede imaginar. La ciudad de la que partieron los primeros grandes exploradores, y a la que llegaron los primeros grandes descubrimientos, la ciudad que luchó por reconstruirse a sí misma tras la mayor tragedia recordada en Europa, la ciudad que resplandece cuando el sol ilumina los millones de azulejos que cubren sus casas.

Querido Javier: me alegro de que hayas disfrutado de una maravillosa ciudad como Lisboa.
Abrazos,
Diego
¿cuánto tiempo hace que ya no recorro esas calles?
Diego, gracias, ha sido un viaje inolvidable, desde luego.
Pedro, no te queda más remedio que volver.
Saludos a los dos.
Envidia cochina!!! ÑÑÑÑÑ
ai ai pendejo! si bien es sabido por todos que por muy bella que sea la ciudad que se visita, como tu dices, si la compañia es buena, mejor, o excelente, muy poco importa lo pintoresco del lugar.
ya sabes de mi afición (u obsesión, frikismo, 100% disfrute o como lo quieras llamar) por los idiomas, y es requisito indispensable en mi al menos para viajar poder chapurrear al menos lo básico de una conversación, y con esto te digo que el dia que sepa pedir una barra de pan y reservar un hotel en Lisboa, será el momento en el que pueda ir de turismo, mientras tanto no pasaré mas allá de Miranda do Douro.
até logo!
Ahypnos, ya me darás envidia tú con otra cosa, seguro.
Cris, es bueno saber un poquito del idioma, pero a mí me ha pasado algo fantástico, y es que si tenía que hablar con algún portugués, yo lo hacía en español, él lo hacía en portugués, y los dos nos entendíamos. Además, el pan lo comprábamos en un supermercado chino, así que…