Bernstein y Tchaikovsky
Como muchos sabéis, profeso una absoluta admiración por el desaparecido músico Leonard Bernstein, sin duda mi director de orquesta favorito. Hace unos días compré unos discos que recopilaban sus grabaciones de las tres últimas sinfonías de Tchaikovsky así como sus poemas sinfónicos y fantasías (Francesca da Rímini, Romeo y Julieta, Hamlet, etc.).
Estos días he disfrutado una vez tras otra de esas magníficas grabaciones, y he redescubierto gracias a Bernstein a un Tchaikovsky que tenía, por desgracia, bastante abandonado. La potencia que imprime en los pasajes pasionales, la sencillez con la que nos muestra sus melodías, la dulzura mezclada con la ira en sus desarrollos… He llegado a la conclusión de que no debo alejarme nunca más de Tchaikovsky. Su música tiene esa característica tan dificil de encontrar, la de llegar directamente a las entrañas sin tener que ser apenas digerida. Es lo que me atrae también de la música de Beethoven o de Mahler. También me gusta la música en la que tienes que esforzarte por comprender, pero de vez en cuando se agradece un trato directo, entre la idea del autor y el receptor, sin demasiados preámbulos, sin demasiadas vueltas de tuerca. De vez en cuando es necesaria esa explosión (no siempre relacionada con el volumen de la música). Tchaikovsky produce esa montaña rusa (nunca mejor dicho) de emociones, que te lleva desde la alegría y euforia más inmensa a una tristeza difícil de soportar sin llanto. Del juego de sus scherzos a la melancolía de sus melodías populares, y del colorido de algunos de sus finales con bombo y platillo a la tristeza más profunda que yo haya sentido en la música (el final del último movimiento de la sexta sinfonía). Sus progresiones, en ocasiones ocultas, otras veces frenéticas y ampliamente visibles, son como el reflejo de un querer y no poder. Tchaikovsky encarna como pocos el sentimiento romántico más puro y profundo, la tragedia y la euforia al servicio de una manipulación de los sentimientos con una maestría que hasta hace poco no ha sido del todo valorada.

Cuando en los manuales de historia de la música se estudiaba a los grandes sinfonistas, siempre aparecían (merecidamente, por supuesto) nombres como Beethoven, Schubert, Bruckner, Mahler, etc. Sin embargo, nos quedábamos con reseñas breves a Tchikovsky, bastante conocido sin embargo por sus ballets, o Sibelius (del que hablaré otro día). Las seis sinfonías de Tchikosvky, sin embargo, se sitúan, a mi entender, en una de las cumbres del sinfonismo, como verdaderos tesoros de la música occidental. Por tanto, desde aquí vaya mi homenaje a uno de los grandes músicos de la historia, a un maestro de la melodía, a un audaz romántico. A cada cual lo que merece, no lo olvidemos. Hagamos un pequeño trono en el paraíso de los grandes creadores musicales para este ruso atormentado, esta alma en pena que murió en extrañas circustancias, envuelto en escándalos debido a su condición de homosexual. Sentemos a uno de los principes de la música en el sillón que se merece.
Si además de las cualidades de la música de Tchaikovsky, conseguimos que el director, en su interpretación, nos guíe con certeza hacia las profundidades de la música del autor, mejor que mejor. Os recomiendo a todos que busquéis esta versión, la de Bernstein, de las últimas sinfonías de Tchaikovsky. Estoy seguro que no os decepcionará.

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