Twain, toma 1
He decidido, de manera altruista, mostraros una de las porciones de literatura más divertidas de todas con las que me he encontrado a lo largo de mi historia como lector (que no es demasiado larga aun). Se trata de una genealogía que Mark Twain hace de su familia (nótese que hablo de “Mark Twain”, el pseudónimo, no de Samuel Langhorne Clemens, el escritor). No es excesivamente larga, pero creo más adecuado que vaya desvelando esta pequeña lectura en porciones que nos permitan deleitarnos con el fino humor de Twain cuando gustemos, y mantener en vilo a los que aun no conocen esta piececita literaria del maestro estadounidense.
Ahí va el primer regalito:
Una genealogía ilustre
Apendice, por Mark Twain
Varias personas me han invitado, en diversas ocasiones, a trazar mi propia biografía para su regalo y contento en las horas de ocio.
Accedo, pues, a esa cariñosa invitación. Y ahí va mi historia.
La noble casa de los Twain tiene su origen en remota antigüedad.
Mas el primero de mis antecesores, respecto del cual hay ya datos precisos, fue un amigo de la familia llamado Higgins. Ello ocurrió en el siglo XI, cuando los Twain vivían en Aberdeen, condado de Cork, Inglaterra.
A que se deba el que mi dilatada ascendencia haya venido usando desde entonces el apellido materno (salvo alguna que otra incursión en el apodo para evitarse ciertos disgustos) en vez del paterno, misterio es que ninguno de nosotros ha tenido nunca grandes ansias de descubrir. Ello constituye algo amablemente novelesco que sería lástima despoetizar. En buen número de viejas familias ilustres ha ocurrido lo mismo, después de todo.
Arturo Twain fue un hombre en extremo considerado por las gentes. Desempeñaba el oficio de procurador en los caminos reales, allá por la época de Guillermo Rufo. Como, según parece, procuraba para sí con exceso, suscitó envidias y odios. Tendiéronle un lazo, cayó en él, y lo encerraron en una mansión de delicias, de donde no volvió a salir. Creo que falleció allí repentínamente a la edad de treinta años.
Augusto Twain hizo mucho ruido en el último tercio del siglo XII. Dicen que fue persona atrózmente divertida. Una de sus bromas predilectas consistía en ocultarse tras de las esquinas, provisto de pesado espadón, y no bien acertaba a pasar alguien molesto a tercera persona, lo abría de arriba abajo para ver lo que tenía dentro. Como se observará, Augusto Twain había nacido filántropo y humorista.
Tuvo la mala ocurrencia de llevar muy adelante las bromas, y, cierto día, la gente de justicia se tomó el desquite, amputando al humorista la fábrica de sus graciosas ocurrencias. Por una delicada atención de la justicia, aquel trozo capital de Augusto Twain quedó clavado en una larga estaca para que pudiera contemplar al pueblo desde alto y reírse a su costa. La verdad es que el divertidísimo individuo no había pensado jamás en ocupar posiciones tan elevadas. Ni nunca tuvo tan bien sentada la cabeza.
Continuará, os lo prometo.
