PERIDOXA

Cuando la filosofía era divertida

Publicado en Filosofía, Reflexiones por J. Sanz en 15 Junio 2008

Estoy estudiando para el examen de Teoría del Conocimiento. Será éste Martes.

Estoy frente a mi libro de filosofía de segundo de bachillerato, lo cual puede resultar sorprendente para quien sepa que estoy en tercero de carrera. Os explicaré por qué.

Para que lo entendáis bien tengo que remontarme hasta las épocas en las que la filosofía comenzó a gustarme. Estaba yo en primero de bachillerato, amargado porque era incapaz de aprobar las asignaturas de mi especialidad (matemáticas, física y tecnología industrial), despotricando sobre la mierda de sistema educativo/formativo que tenemos, que te obliga con quince años a decidir cuál será tu oficio, tu carrera, tu futuro, en un momento en el que no puedes decidir ni siquiera el bar al que irás a tomar una caña el sábado con los amigos. La historia y la filosofía eran mis favoritas, pero no les veía ningún futuro, así que opté por una rama científico-técnica. Craso error. Me dí cuenta de ello el día que empecé segundo de bachillerato por segunda vez con solo tres asignaturas (¿adivináis cuáles?).

Cuando al fin entré en filosofía, estaba feliz. Más feliz de lo que nadie puede imaginar. La gente era genial, las asignaturas, maravillosas, los profesores (la mayoría) muy buenos. Mi primer año de carrera fue perfecto. Aprendí como nunca antes lo había hecho. Además, aprobé, pero eso lo consideraba secundario. Gozaba aprendiendo, leyendo, redactando trabajos y comentarios.

En segundo todo iba igual, lo cual no es malo hasta que te das cuenta de que has caido en una espiral de rutina, repetición y aburrimiento. Aun así, descubrir la filosofía árabe, o las teorías antropológicas, o la filosofía de la mente, salvó aquel año, que en principio pintaba muy mal.

Tercero ha sido uno de los peores años de mi vida. He sufrido el tedio más absoluto, he pasado de adorar la filosofía y defenderla a capa y espada a renegar de todos los aburridos charlatanes que se inventan palabras con el único fin de llenar más páginas. He visto el lado oscuro de la carrera, y no me ha gustado. Me he encontrado con profesores en cuyas clases lo más provechoso que puedes hacer es dormir, cuyos apuntes, libros y explicaciones van de una incomprensibilidad absoluta a un “no tiene nada que ver” con lo que estudias. Han encorsetado la maravillosa labor de redactar un trabajo, han vuelto a la insulsa e ineficiente técnica del examen anual, obligando a los alumnos a estudiar largos párrafos de extrañas palabras.

He descubierto por qué la gente suele odiar la filosofía y a los filósofos. He visto lo que todos me decían: “todos los filósofos están locos, aburren a una ostra y no hay quien les entienda”. He visto el final del sentido común en la educación, el triste cementerio donde reposa el buen hacer del profesorado, y la desidia que cae a plomo sobre los hombros desvalidos del ilusionado estudiante.

El ejemplo de todo lo que digo está en mi mesa. Tengo a mi lado los libros de historia de la filosofía de Copleston, los apuntes y libros de los profesores que imparten las asignaturas que curso, los resúmenes y apuntes de varias personas que han acudido a lo largo del tiempo a sus clases. Y lo único que me sirve en mi labor de estudio es mi libro de bachillerato.

Si Hume levantara la cabeza se cagaría encima de la pila de libros y apuntes que se acumulan en mi mesa (perdón por la expresión, no soy yo, es la indignación la que habla). Para ésta mierda, es mejor tener la tábula rasa que caracteriza la filosofía de Locke.

Un triste saludo desde mi agónico lugar de estudio, mientras mis neuronas y mi energía se pudren entre las confusas palabras de aquellos que nacieron para aburrir al personal.